Un homenaje al padre

Por Jaime Enrique Granados Peña

Bogotá, 21 de junio de 2020

El primer recuerdo que tengo de mi padre se pierde en la memoria y la laguna en infancia. Se sitúa en un pueblito del Tolima grande que se llama Purificación, y en ese pueblo en una casa hermosa ubicada en el último nivel con jardín espectacular ahí está … ese recuerdo activo de mi madre que en paz descanse y de mi padre que gracias a Dios nos acompaña. 

Él estaba dirigiendo una comisión del Ministerio en esa época de Obras Públicas y ubiquémonos año 1963 año en donde Colombia estaba arrancando una nueva etapa en su historia y pocos meses antes que muy cerca de ese lugar Marquetalia se iniciaría la gran tragedia que fue para nuestro país y que tanto la desangró que fue la fundación de las FARC; quién iba a decir qué tan cerca donde yo estaba con mi padre y mi madre se fundarían las FARC. 

En ese pueblo mi padre me llevó disfrazado de sheriff un día a un lugar que me impresionó, un lugar que recuerdo que estaba en una segunda planta y yo vi unas personas que estaban encerradas, se trataba de una cárcel, la cárcel del pueblo. 

Y, creo que esa imagen marcó mi vida en la medida que me pregunté por qué unas personas están encerradas?, no podía imaginarme en ese momento que muchos años después estaría dedicando mi vida al derecho penal.

Mi padre que como ingeniero civil es un hombre de pocas palabras pero de ideas y sentimientos profundos me enseñó a amar a Colombia a recorrerla desde el Cabo de la vela hasta Tumaco, desde Bahía Solano a Puerto Carreño y, esos recorridos con él por todo el país me permitieron formarme una idea cuando todavía se podía transitar en Colombia sin temor de ser secuestrado mi víctima de un delito y me permitió conocer esa Colombia profunda, esa Colombia generosa, la Colombia hecha a pulso de campesinos, de labriegos, de llaneros, de colonos, de personas que compartían lo poco que tenían, y que lo hacían con alegría, y sobre todo esa Colombia que nunca perdía- la ilusión de un país mejor, con una enorme capacidad de trabajo con entrega a sus semejantes, y ese es el ejemplo que viendo a estos colombianos mi padre me transmitió; y, que era el ejemplo de su propia vida desde cuándo desde muy pequeño en el Liceo Celedón tuvo la oportunidad de estudiar con grandes maestros y soñar primero ser médico y luego ingeniero, tarea que cumplió en Universidad Nacional llegando a Bogotá poco tiempo después del 9 de abril.

Gracias a esa visita, a esa estancia en Bogotá a todo lo que lo transformó a él, ingeniería civil finalmente se pudo casar con su novia de la infancia y la adolescencia mi madre, y formar una familia con mis dos hermanas y darnos no solamente su amor sino su ejemplo.

Él para que yo estuviera más unido al recuerdo mi madre que desde el cielo nos miraba entendió que a través de la lectura podía calmarme y sentirme en paz y por eso buscando calmar mi rebeldía hicimos un acuerdo, el día que yo me portaba bien tenía su abrazo y si la semana me portaba bien tenía un libro y todas las semanas que me portaba bien siempre me traía un libro y me llevaba a las clases de equitación y a los viajes en los que podía acompañarlo. 

Él se dio cuenta muy temprano que a través de los libros se abría otro mundo y que podía ser libre desarrollando la imaginación en contacto con los grandes maestros de la historia y, aunque entendía que en su fuero interno lo que más anhelaba es que yo fuese ingeniero como él y que siguiera sus pasos como tantos miles de discípulos que tuvo en las universidades Javeriana, Santo Tomás, Católica, Instituto de vías del Cauca, etcétera.

Él tuvo la visión de que realmente los libros habían formado en mi  la impronta de alguien enamorado de las humanidades y por eso me guío con su amor y su sabiduría para que fuera abogado y para  que fuera y escogiera la Universidad Javeriana con el padre Giraldo, y para que explorará luego los horizontes de Puerto Rico y más allá, de hecho, con disgusto para él decliné el ofrecimiento que me hicieran  Yale y Harvard simultáneamente para que me pudiera dedicar a mi sueño, que es una justicia mejor para Colombia, un sueño inacabado por supuesto, que aún sigo persiguiendo y que mantengo en mi memoria como impulso vital.

En ese orden de ideas, la vida ha sido muy generosa al poder contar muy cerca de los 92 años de edad con un ser humano extraordinario como mi padre, que es ejemplo de generaciones no solamente generaciones de su familia, de sus hijos sino, sobre todo, un ejemplo para diferentes jóvenes, miles de jóvenes que se formaron como ingenieros y que lo han tenido como guía y que siempre nos han transmitido su aprecio y admiración por un ser humano como no hay otro mi padre, Luis Carlos Granados Gómez. 

 Jaime Enrique Granados Peña